La hice para mí. Y para las que no quieren una rutina más.
Tengo 40 años, tres hijos, y un día lleno. Dirijo un negocio. Preparo cenas. Me acuerdo de cumpleaños que no son míos. Y encima de todo eso, la lista de cosas que me dicen que tengo que hacer por mí: 10.000 pasos, retinol, colágeno en polvo, hidratarme, ir al gimnasio, llegar a mis gramos de proteína, y no caerme por las escaleras.
El problema no era no saber que debía cuidarme. Era encontrar el hueco. El colágeno que compré en enero sigue medio lleno. Los batidos que iba a preparar se quedan en la despensa. Las vitaminas que pago cada mes viven en el cajón. Entre trabajar, vivir y salir con mis amigas, cuidarme se convertía en otra cosa pendiente.
Me di cuenta de que lo que necesitaba no era más disciplina. Era un formato más fácil. Algo que pudiera tomarme en cualquier parte, que me apeteciera, y que hiciera varias cosas a la vez: proteína, colágeno, energía. Sin rutina, sin pensar. Así que lo hice. NUA. Una lata. Una casilla menos en la lista.